Sabor latino en Kabul

Del contingente militar estadounidense destacado en Afganistán, más de un 10% son de procedencia hispana y se muestran orgullosos de ello. Mientras unos combaten el estrés en el gimnasio, otros los hacen a ritmo de salsa y merengue.
Puerto Rico, México y Panamá son algunos de los países de origen de muchos ciudadanos de Estados Unidos que sirven en sus Fuerzas Armadas.

“Me alisté en el ejército porque me encantaban los aviones”, dice Frank Dalmau, capitán de la Fuerza Aérea, destacado en Afganistán desde hace año y medio.

De padres puertorriqueños y abuelo catalán, Dalmau adiestra a los mandos del departamento de Inteligencia del Ejército Nacional Afgano desde su base en el cuartel de Eggers, en Kabul.

Rubén Rosas, también de origen puertorriqueño, asegura que se alistó en el ejército por tradición familiar. “Mi padre estuvo en la guerra de Corea y después ingresé yo”, comenta este sargento que trabaja en el área de administración de Eggers.

El número de inmigrantes latinoamericanos va creciendo en el ejército de EE.UU.

De los 26.000 soldados estadounidenses desplegados actualmente en Afganistán -que pasarán a ser 29.000 en pocos meses, según anunció el Presidente Bush a principios de año-, más de 2.000 son de origen latino, principalmente mexicanos, puertorriqueños y cubanos.

Sin embargo, sólo un 3% de ellos son oficiales, frente al 81% de su contrapartida blanca. “Esto está cambiando poco a poco. Nuestros padres tenían una formación mucho peor que nosotros”, afirma Rosas.

Menos discriminación

“Me siento totalmente integrado en el Ejército”, dice el teniente coronel Juan Montoya, asesor del Inspector General del Ejército Nacional Afgano.
“Durante los 25 años que llevo de servicio nunca he tenido incidente alguno”, añade este militar de ascendencia mexicana.

A pesar de que la mayoría de los latinos que sirven las Fuerzas Armadas estadounidenses hablan de manera similar, hay voces, las menos, que confiesan haber padecido algún tipo de discriminación.

Manuel Rodríguez, sargento acantonado en el Cuartel de Eggers, señala que “no se puede negar que quede algún idiota conserve todavía esa forma de pensar, pero es una cuestión de tiempo”.

En su opinión, la mentalidad de los años 60 sigue latente, “pero ya no se atreven a decírtelo a la cara. Además, hay una nueva generación con una mentalidad más abierta”, comenta.

El militar pone como ejemplo el uso del español o asistir a clases de salsa.

“Antes estaba peor visto. Hoy podemos hablar nuestra lengua y bailar sin problemas” dice, para acto seguido dar media vuelta y retornar a la pista de baile del cuartel. Es viernes por la noche y ya ha comenzado la “salsa night”.

A ritmo de bachata y merengue, allí se encuentra la sargenta Carmen Reyes, una de las pocas mujeres que trabajan en el cuartel de Eggers.

Deseosa de que algún compañero la invite a bailar, esta puertorriqueña explica que son muchas las vicisitudes a superar por las mujeres latinas en una institución mayoritariamente masculina.

“Siendo latina y, además, mujer es siempre más complicado pero si nos proponemos algo lo conseguimos”, sentencia. Suena una bachata y desaparece.

Ocio en los cuarteles

Mientras militares del contingente estadounidense como Rosas o Montoya prefieren dedicar su tiempo libre a jugar al billar, al futbolín o a levantar pesas en el gimnasio del cuartel (abierto las 24 horas del día), otros buscan un “ritmo” diferente terminada la dura y tediosa jornada laboral.
Para Rodríguez o Dalmau, la salsa no tiene comparación sobre las demás actividades de ocio disponibles en Eggers. “Hay otros colegas que son más salseros que yo pero a mí lo que más me gusta es el merengue”, opina Dalmau, mientras mira el interior del salón, dudando si saltar a la pista.

El improvisado salón para la “salsa night” se dispone los viernes dentro de un recinto que hace las veces de sala de karaoke y “discoteca”, según el día de la semana.

Allí se reúnen para bailar hispanos y otros que no lo son, miembros de otros cuarteles como el que alberga la misión de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF), bajo mandato de la OTAN.

Al tiempo que afuera unos se agolpan frente a una hoguera para combatir las bajas temperaturas del invierno afgano- tostando algodón o jugando a las cartas-, dentro, mexicanos, puertorriqueños y hasta canadienses practican los pasos aprendidos, intercambiando parejas según la canción.

Bailar es una de las fórmulas de que disponen los militares estadounidenses para combatir la presión en Afganistán, un país en el que todo apunta a que los contingentes internacionales permanecerán durante las próximas dos o tres décadas y en el que los latinos verán progresivamente reforzada su presencia.

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